Conciencia de clase
Ayer mi hija me comentó que tiene que realizar una exposición para niños más pequeños que ella. Y muy alegre, y con una satisfacción personal en mi, me contó que entre los temas propuestos había decidido el de, la desigualdad social. Luego vino la pregunta, ¿Cómo puedo explicarlo?
Creo que no hay nada más retador que tratar de explicarle a alguien tan joven algo tan real y tan palpable. Pero ahí estaba yo, tratando de volcarle mis ideas de la manera más sencilla, aterrizada y práctica que se me ocurrió.
Empezar por lo cercano
Le sugerí que les preguntara a esos niños cuántos de ellos alguna vez habían sentido algún tipo de rechazo por no tener la PlayStation 5, sino la 3. O por no tener un iPhone reciente, en lugar de cualquier teléfono que fuera funcional. Sé que es algo simplista, hasta populista, usar estos ejemplos para un tema tan profundo y nada banal. Pero es la manera que se me ocurrió, y creo que es un buen punto de partida. La desigualdad no empieza en los libros, empieza en la mirada del que tiene y del que no tiene, aunque sea en el patio de la escuela.
Lo que me pasa con este tema
También le compartí un pensamiento que es muy recurrente en mí cuando pienso en esto. Quienes venimos de clase baja y logramos ascender un poco en la escala, hacia la llamada clase media, a menudo nos olvidamos de algo. Que nuestras decisiones y nuestras acciones no deberían ser beneficiosas solo para nosotros, sino también para quienes están en esa lucha por salir de la clase baja, de la cual nosotros venimos.
Y lo que suele pasar es lo contrario. Empezamos a querer simpatizar más con quienes han logrado posicionarse en la clase alta. Queremos encontrar los métodos para allegarnos a ellos o para hacer lo mismo que ellos hacen. Y en ese camino olvidamos que estamos a tan solo una situación de enfermedad, un desastre natural o una mala decisión de volver a la clase baja. Es decir, mas cercanos de volver a la clase baja, que de llegar a la clase Alta. Lo que sentimos como solidez es mucho más frágil de lo que nos gusta admitir.
Sin volvernos herméticos
Es difícil, en el camino, no aprender de las malas experiencias. Es difícil no tornar el carácter un poco más hermético por lo que nos ha sucedido, por las veces que nos cerraron una puerta, por lo que tuvimos que cargar solos. Lo entiendo, porque yo también he pasado por eso. Pero nuestra conciencia de clase debe permanecer. Haber subido un escalón no nos da permiso de olvidar de dónde salimos.
Visto en un sentido filosófico, puede que ese sea uno de los sentidos de la vida: ayudar a permanecer y a prosperar, contribuyendo con todos los que están a nuestro alrededor. Que lo que logremos no se quede en nosotros, sino que deje a alguien más un poco mejor parado.
Lo que le deseo a mi hija
No sé cómo le irá a mi hija en la exposición. Pero haré lo que siempre pueda para que desarrolle sus propias conjeturas, su propio pensamiento racional. No quiero que repita mis ideas, quiero que llegue a las suyas. Lo único que me gustaría es que, vengan de donde vengan, siempre sea consciente de ellas.