FRANCIS·ZEPEDA
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El deseo de desear.

"El deseo no busca ser saciado, busca perpetuarse, y quizás por eso, nunca dejamos de desear."

Cuántas veces no hemos sentido ese vacío literal, esa sensación de que algo nos falta. Tenemos, medianamente, todo lo que una buena vida nos puede favorecer: salud, trabajo, personas que nos quieren, un techo, un propósito reconocible. Y sin embargo ahí está, recóndito, esa falta. No grita, no tiene nombre propio, pero se hace sentir tajante.

Según algunas lecturas, esto puede deberse a que nuestro deseo es desear, y no obtener lo que se desea. Confuso juego de palabras, pero describe algo preciso: nos entusiasma más, nos apasiona más, el camino hacia lo que deseamos que el momento en que realmente lo obtenemos. Se podría decir que, la cacería importa más que la presa.

La trampa de la llegada

Pensemos en cualquier meta reciente. El ascenso laboral que perseguimos por meses, la compra que planeamos con detalle de ese nuevo vehículo, la relación que anhelamos iniciar. Mientras el objeto está lejos, organiza nuestros días, les da dirección, incluso les da sentido. Nos despertamos con un motivo. Pero apenas se obtiene, apenas el deseo se satisface, casi de manera inmediata, algo curioso ocurre: la satisfacción dura poco, y el vacío regresa, ahora con otro nombre, otro objeto, otra excusa.

No es que el objeto haya fallado. Es que nunca fue realmente el objeto lo que perseguíamos, sino el estado de perseguir. El deseo no busca su propia extinción; busca quedarse. Y en cuanto se cumple, muere, y como no soportamos la ausencia de deseo, de inmediato fabricamos otro.

Lo que ya sabían los estoicos

Haciendo referencia a una filosofía que me ha sido, maravilloso camino de entrada a este fascinante mundo, el estoicismo, ellos tenían una nomenclatura para esto, "la dicotomía del control", aunque la enmarcaban distinto: distinguían entre lo que está en nuestro control y lo que no. En este caso, el objeto del deseo, tenerlo, alcanzarlo, conservarlo, rara vez está completamente en nuestras manos. Pero el acto de desear, el movimiento interno hacia ese algo, ese sí nos pertenece. Quizás por eso nos aferramos más al camino que al destino. Es lo único que verdaderamente podemos gobernar. El destino se nos puede escapar, el deseo, no. El deseo es nuestro mientras dura.

Epicteto diría que sufrimos no por las cosas que nos suceden, sino por la opinión que nosotros nos hacemos de ellas. Y tal vez el vacío del que hablo no sea un defecto a corregir, sino una demostración de conocimiento propio en el cual nos damos cuenta que no está mal que no deseemos que el deseo termine.

Entonces, ¿Qué hacer con esto?

No creo que la respuesta sea dejar de desear, eso sería una mentira interna. La respuesta, quizás, es dejar de esperar que el objeto de deseo, nos salve del vacío, y empezar a mirar ese vacío mismo con otros ojos: no como una falla a resolver, sino como el espacio donde el ser humano se mantiene despierto, en movimiento, "motivado", vivo.

Es por ello que siempre tendremos algo que desear. Y tal vez esté bien que así sea. El día que dejemos de desear por completo, no habremos llegado a la paz, habremos dejado de estar vivos en el sentido más profundo de la palabra.

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