FRANCIS·ZEPEDA
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El despertar del pensamiento

El despertar no me trajo una vida distinta, me trajo la misma vida, pero vista, por fin, con los ojos abiertos.

Cerca de llegar a mis 40 años, me resulta casi irrisorio pensar que hasta hace no mucho tiempo veía la vida de una forma que hoy, al analizarla, me parece tan vaga, tan superficial. Y no hablo de apego a lo material, sino de algo más simple y más peligroso: vivir en modo automático. Sin siquiera tener la destreza de detenerme a reflexionar sobre lo que sucedía a mi alrededor. Como si hubiera estado dormido durante mucho tiempo, funcionando, cumpliendo, avanzando, pero sin estar del todo presente en nada de eso.

No fue un proceso gradual. Fue, más bien, un quiebre. Sé que suena a un concepto complejo, algo académico, pero es la mejor definición que encontré para lo que me pasó: un quiebre ontológico. Un punto en el que la forma en que hasta entonces había entendido mi propia existencia dejó de sostenerse, y algo distinto tomó su lugar.

Lo que cambió

A partir de ahí comencé a ver y sentir cada aspecto de mi vida de una forma mucho más profunda. Es difícil de explicar sin sonar abstracto, pero lo intento: de repente cada cosa se volvía con muchas más variables para considerar. Con mucho más fondo. Con mucho más que analizar. Una conversación ya no era solo una conversación, tenía capas. Una decisión ya no era solo una decisión, tenía consecuencias que antes ni me hubiera detenido a imaginar. El trabajo, la fe, las relaciones, hasta el simple hecho de estar en un lugar, empezaron a pedirme algo que antes no sabía que tenían que pedirme: atención real, presente y genuina.

Y esa es quizás la palabra clave. Atención. No es que antes viviera mal, o que las cosas que hacía carecieran de valor. Es que las hacía sin estar del todo ahí. El despertar no me trajo una vida distinta, me trajo la misma vida, pero vista, por fin, con los ojos abiertos.

El precio de despertar

Sin embargo nadie nos avisa que despertar tiene un costo. Cuando dejás de vivir en piloto automático, ya no puedes desactivar esa mirada más profunda cuando te conviene. (cuánta ventaja hay en la ignorancia) Las cosas que antes pasaban desapercibidas, una injusticia pequeña, una contradicción propia, un patrón que se repite, ahora se quedan, piden ser pensadas. Hay días en que extraño la ligereza de no ver tanto. Pero sería mentirme a mí mismo si dijera que quisiera volver atrás.

Por qué ahora

Me pregunto a veces por qué este quiebre llegó cerca de los 40 y no antes. Tal vez porque hace falta cierto desgaste, cierta acumulación de años viviendo de una manera para finalmente notar que esa manera ya no alcanza. El pensamiento no despierta por decisión propia; despierta cuando la vida automática deja de poder sostener el peso de lo que uno realmente es.

Lo cierto es que ya empezó, y no hay vuelta atrás. Este cuaderno, estas líneas, son en parte eso: el intento de no volver a dormirme. De sostener esta forma de ver, aunque cueste más, aunque a veces sea incómoda, porque al final se siente más honesta que la que tenía antes.

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