Después de una trayectoria de más de 15 años en esta aventura llamada emprender, uno de los razonamientos más marcados que he obtenido es que no existe gratificación sin sacrificio. No pretendo sonar como coach motivacional, así que lo voy a decir más coloquial: no podemos llegar a un bello destino o paraje natural sin atravesar los caminos accidentados, las brechas rurales, el polvo y las piedras del camino.
El camino accidentado
Cuántas ocasiones no creí que iba a desistir, que esto realmente no era para mí. Cuántos desaciertos cometí. Cuántas noches sin dormir por la preocupación, dándole vueltas a un problema que no tenía solución clara todavía. Cuántos días en que el estrés me sobrepasaba, en que dudé de si valía la pena seguir metiéndole tiempo, dinero, salud mental a algo que solo me daba la esperanza que algo más grande iba a suceder.
Nadie nos lo cuenta así cuando empezamos. Nos venden la parte bonita, la meta, el resultado. Nadie nos sienta a explicarnos que vamos a pasar años dudando si estamos locos por seguir insistiendo.
Lo que queda cuando se ve hacia atrás
Y si bien es cierto que aún hay mucho camino por recorrer, ver crecer y avanzar el bebé llamado emprendimiento genera una satisfacción personal distinta a cualquier otra. Y sobre todo, considero que ahí está el verdadero propósito del trabajo: dignificarnos como seres humanos.
Poder ser útil a nuestro país, a las personas de nuestra comunidad, llenar de orgullo a nuestra familia, eso hace que todos esos días difíciles, esas noches sin dormir, esos momentos de duda, merezcan completamente el sacrificio. No es un premio de consolación. Es, honestamente, el punto.
El mensaje, sin cliché
Así que si pudiera dejar un breve mensaje en esto, sin ser pretencioso ni cliché, sería uno solo: perseverar. Muchas personas, al primer obstáculo, desisten. Y lo entiendo, porque yo también estuve ahí, más de una vez, a punto de soltarlo todo.
Pero me atreveré a citar a Hegel, "Solo los obstáculos le dan sentido a los propósitos." Si el camino fuera fácil, cualquiera lo recorrería, y probablemente no significaría nada llegar. Es precisamente lo accidentado del camino lo que le da valor al paraje al que se llega.